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Análisis

Haití: un grito de esperanza

Diario Financiero 22 - 07 - 2004

Recorrer las calles y los poblados de Haití nos llevan a una primera reflexión: ¿podemos desde América Latina, desde Caricom, desde el Grupo de Río, desde la OEA, desde la ONU, desatender la grave y delicada situación haitiana?
La respuesta claramente es no. Y no debe ser una frase para completar un informe técnico de los organismos internacionales, o una evocadora frase cubierta del lenguaje diplomático. La cruda realidad de este sufrido pueblo es más grave de lo que uno imagina. El rol de la política se pierde. El concepto mínimo de elaborar un enlace entre democracia y desarrollo social, político y económico tiene en esta república -sin Estado e instituciones-, una vergonzosa demostración donde muchos de los llamados líderes sólo entienden el proceso democrático como un ejercicio aritmético y dejan de lado los valores que lleva consigo esta forma de gobierno. Esto último no existe en Haití. Las constantes invasiones de Francia y Estados Unidos anestesiaron el alma del pueblo. Han sembrado fuertes dictaduras y la llamada de la esperanza que iluminó Jean Bertrán Aristide, fue una quimera que siguió el mismo camino de los caudillistas populares: construir una base propia y excluyente. Y con este elemento explicamos la situación que vivió la isla. Aristide iluminó con su retórica la salvación del pueblo.
En esa condición fue recibido. El choque, antes del 29 de febrero, entre los bandos era una realidad, según lo constatamos en terreno. Aristide estaba en una burbuja, repartiendo dadivas a sectores muy populares para anclarse en el poder. Oscuras fuerzas aparecieron de las mano del narcotráfico y militares retirados que crearon un poder desde el gobierno rodeando Puerto Príncipe, y sólo la intervención de la Comunidad Internacional detuvo el asalto final.
La siguiente pregunta es ¿tiene futuro Haití? Es relativa la respuesta. Primero, son tres materias urgentes que hay que abordar. La primera de ellas, una seguridad mínima. Segundo, elaborar un plan económico, y tercero llamar a elecciones. Una parte importante del cumplimiento de estas tareas las tiene el actual gobierno del Presidente Alexandre Boniface, y otra parte fundamental las Naciones Unidas. Si no funciona esta lógica todo podría fracasar y se llegaría a una nueva frustración. El Presidente Ricardo Lagos le advirtió a Boniface que para construir un gobierno de unidad nacional es clave convocar a todas las fuerzas políticas de los sectores –hay que recordar que Haití tiene 68 partidos políticos–, ya que sin ese requisito no se logra la legitimidad del actual gobierno. También el mandatario chileno le manifestó la urgencia de mostrar hechos concretos y tangibles a la población, porque sólo así la fuerza que impuso la paz y que está preocupada por preservarla podrá cumplir su misión.
Si se elabora un mapa de transición, estaremos garantizando que el proceso podrá tener futuro. Sin él, las fuerzas políticas y los grupos armados tendrán otra razón para actuar y desestabilizar más el país. En la cara de los hombres, mujeres y niños ese grito de esperanza estaba por soltarse. No actuar desde la región, con nuestros mecanismos y esfuerzo, será una situación imperdonable porque el saldo sería una brutal y despiadada guerra entre hermanos. Total no tienen nada, sólo un poco de oxígeno, lo demás se lo expoliaron sus corruptas elites y una desaprensión de la llamada comunidad internacional. En este contexto, Chile ha llegado en el momento y al lugar oportuno, es un respuesta y un fuerte intento de mostrar que se puede trabajar por la región.
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