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Análisis

Guerra de guerrillas

Diario Financiero 12 - 04 - 2004

Cuando se ha cumplido el primero año -9 de abril del 2003- de la entrada de las tropas estadounidenses en Bagdad, y se derribó la emblemática estatua de Hussein, con lo que se consagró también la caída de su régimen, Irak continúa siendo un país en guerra. Y lo peor, es que se ha desencadenado una guerra de guerrilla, con dos frentes: el primero en el llamado Triángulo Sunita, y como icono la ciudad de Faluya, donde opera la resistencia iraquí formada por leales seguidores de Hussein. El otro foco, es la fuerte penetración que ha logrado la milicia del clérigo radical chiíta Múqtada al Sáder, con un discurso encendido contra Estados Unidos, llamando a los chiítas a sumarse a su batalla para expulsarlo de su territorio.
El peor de los escenarios para EE.UU se está dando en Irak: ganar una guerra corta y enfrentarse a una guerra de guerrillas con tres tipos diferentes de enemigos que han encontrado un denominador común: expulsar a EE.UU. de Irak. Tras este objetivo se agrupan, los seguidores de Saddam, chiítas y grupos radicales islámicos. La coalición es percibida no como los salvadores sino tropas de ocupación, y se ha dado el cuadro de choques con pobladores, en la búsqueda de integrantes de la milicia, y eso exacerba los ánimos de los iraquíes.
El elevado número de víctimas que se está cobrando esta fase del conflicto, está abriendo un impredecible camino, que puede derivar en enfrentamientos, casa a casa, cuadra a cuadra, llamando la atención la capacidad operativa y el armamento que disponen los grupos opositores en Irak. Más aún, todo podría empeorarse si los sunitas que ya ven con simpatía lo que lo hacen facciones chiítas, concluyen aliándose para luchar contra la coalición. En tanto, hace diez años que ante la indiferencia internacional perpetró en Ruanda uno de los más terribles genocidios. Unas 800.000 personas perecieron en tres meses.
El mundo no se conmovió por lo sucedido. El jefe del las tropas de la ONU lo acaba de resumir descarnadamente con la expresión “los ruandeses no importan”. La ONU ha entonado con años de por medio su mea culpa ritual por su incapacidad para detener matanzas, como en Bosnia, al año siguiente. Occidente pudo haber parado el exterminio de Ruanda con una modesta intervención militar, pero se desentendió. De aquellos hechos queda un tribunal penal ad hoc que después de varios años renquea en la vecina Tanzania, y cierta determinación, plasmada trabajosamente en la Corte Penal Internacional, para perseguir a los asesinos.
Para la comunidad internacional, sin embargo, hay un nuevo desafío africano en puertas: Sudán. Kofi Annan advirtió de un genocidio potencial en la región occidental de Darfur, donde milicias árabes armadas por el gobierno están expulsando a cientos de miles de habitantes. Jartum rechaza cualquier intervención exterior y alega que se trata de diferencias tribales. La ONU tendrá que decidir entre actuar o, una vez más, esperar y ver. Y lo peor aún, ¿seremos nuevamente testigos de otro genocidio, y no intervendremos sólo por el color de piel de las víctimas?
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