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Análisis

La ecuación política de Mesa

Diario Financiero 07 - 02 - 2005

El presidente de Bolivia Carlos Mesa remodeló su gabinete ministerial -el tercer cambio que hace en su mandato- con tres premisas: enfrentar las presiones de autonomía de las provincias, impulsar el Asamblea Nacional Constituyente y darle un mayor sustento y piso político a su gestión. Para este efecto, el presidente Mesa recurrió a darle una participación importante a la provincia de Santa Cruz -la más beligerante en el reclamo de autonomía- y convino con los empresarios cruceños las carteras de Desarrollo Económico y Desarrollo Sostenible. El supuesto político es que a través de esta inserción, Santa Cruz le dé un respiro y saque la presión que derivó en el caída del anterior equipo ministerial. Del mismo modo, el mandatario articuló acuerdos con los alcaldes de las ciudades más representativas, con la bancada patriótica y el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Gonzalo Sánchez de Lozada.
El mandatario recurrió a una hábil fórmula para destrabar la crisis política, construyó un consenso con los sectores que lo presionan y aquellos que lo respaldan. Una ecuación que tiene una connotación especial y es la tejer una nueva expresión representativa que fluye de arduas negociaciones. Hay varias cosas que llaman la atención de esta fórmula: la primera de ellas, es que de los 16 ministros que tiene el gabinete, presente nueve nombres nuevos y siete ratificaciones; segundo, una amplia participación de la mujer que como género está en cuatro ministerios –les fueron encomendadas las delicadas tareas de educación, salud, trabajo y participación popular-; y tres, que los municipios como unidades geopolíticas se hacen fuertes. Así los alcaldes han pasado a ser actores fundamentales y pueden proponer nombres de ministros. El sentido de esta acción es evitar que se sientan ausentes de las decisiones del gobierno central. Una apuesta que hace el presidente Mesa para enfrentar el desafío de las autonomías, la Constituyente, la economía mixta y el plan social, donde descansa su agenda. Con este equipo de trabajo, el objetivo central que tiene Carlos Mesa -que ya cumplió la mitad del mandato presidencial- es ordenar el país, intentar darle lo que los políticos llaman “oxigeno” buscando consolidar el débil gobierno y así poder enfrentar de manera más sólida las presiones que desde distintos frentes le hacen a diario.
En el corto plazo, el presidente de Bolivia debe focalizar su atención en aquellos sectores que no están presentes en su cuadro ministerial, y abrir claramente, la ruta lógica que tiene proyectada para la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente. La razón es simple. En su primera alocución al tomar el juramento del cargo, fue uno de los pilares en que descansó su mensaje. Ya con el tiempo transcurrido, una de las formas y maneras que tiene a su alcance para desactivar la creciente fuerza de las provincias, en su reclamo de Autonomía es precisamente respondiendo con esta herramienta. Además, el presidente está forzado a elaborar el plan de economía –que él llama mixta–, que sirva para comprender los alcances que en esta materia tiene. Y por supuesto las respuestas a las demandas sociales, que son las constantes que posibilitan la movilizaciones sociales. No se puede perder de vista que los recambios ministeriales generan un compás de espera. Pero dado el cuadro interno, la relación tiempo-espacio, la respuesta política se acortó. Cada crisis consume capital político.
Estando todavía pendientes las materias de los hidrocarburos, las miradas atentas desde El Alto -donde a cualquier minuto puede reactivarse esa fuerza social que baja a la ciudad de La Paz a tomarse las calles- recomienda que se retomen con energía la búsqueda de soluciones, a convocar esfuerzos internos y externos que eviten que se vuelva a agitar la amenaza de las autonomías. Por lo pronto, el presidente Carlos Mesa ha mostrado cintura política. Ahora, debe conservarla para los manejos sociales pendientes. De lo contrario, el calor de la efervescencia puede consumir lo que aún le queda de capital político.
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