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Análisis

Crónicas del Lejano Oriente: Beijing una capital mutante... Por Libardo Buitrago

Crónica publicada en el Diario Financiero, desde Beijing -China-. 31.06.2005
Si no fuera por los letreros en chino y los característicos colores, rojo y oro, Beijing podría estar en cualquier lugar del mundo. El inusitado tráfago de máquinas, obreros y camiones tolva, ha dejado al descubierto un nuevo indicador: el factor grúa que da una plena dimensión a la forma acelerada en que se está produciendo una transformación de la capital de China para estar en su mejor forma de cara a los juegos olímpicos de 2008. Pocas ciudades han cambiado tan diametralmente su paisaje en pocos años y Beijing es el mejor símbolo de esto. El contraste de la milenaria cultura, los símbolos del poder, se juegan a cada minuto. Las villas de los años cuarenta dejan su paso a torres de edificios que hacen difícil de identificar la ciudad en las postales. La Ciudad Prohibida, la Plaza de Tiananmen, el Templo de los Lamas, el Palacio de Verano, resisten este profundo cambio de piel de Beijing. Están ahí presentes para ser los testigos de la vieja Beijing. La nueva es irreconocible. La capital del Norte, que es la traducción de la forma de pronunciación del mandarín, también nos arrebató lo que por años llamamos Pekín. Si se quiere fue un cambio cultural. Dejar de llamarla como los ingleses la distinguieron en su lengua y se hizo mundialmente conocida, para darle la real identidad a través del lenguaje chino, fue la primera línea en el horizonte de lo que se vendría para transformar la capital. Beijing tiene ya un norte y ese es aprovechar la realización de los Juegos Olímpicos dentro de tres años, y que esa fecha marque definitivamente el salto a ser una de las capitales más modernas del mundo. Abrir el paso de este paisaje distinto, ha significado tres cosas: el compromiso para provocar el cambio citadino; soportar la alta polución uno de los puntos débiles que azotan a Beijing -el polvo en suspensión producto de miles de obras se siente en la garganta de los 18 millones de habitantes- ; y el cambio de lugar de millones de personas que se han debido trasladar de viviendas que ocuparon por generaciones a torres de departamentos, con lo cual los hábitos de vida se han alterado. Aún se observan en las villas antiguas que no han sido devoradas por las máquinas de la construcción, sobre todo en esta época de verano, capitalinos en las veredas al atardecer sentados en sus sillas contemplando el paso del tiempo, conversando o simplemente jugando a las cartas. Eso será historia en un corto plazo. Los edificios tienen la virtud de entregar más confort, amplios espacios, pero a su vez corta con esta convivencia de cercanía que más bien parece el recuerdo de una ciudad pequeña, que ya es pasado. Beijing es una bella ciudad. Y lo será aún más el año de las Olimpiadas. Es un imán para el turismo. Esta es una fuente importante de ingresos de divisas, que hoy no está en el primer lugar porque los números económicos están en las exportaciones de sus manufacturas y productos con mejoramiento de su calidad. China está pasando por la misma situación que sucedió en Japón, Corea del Sur básicamente. Durante años se les cuestionó la calidad de sus productos. Con el paso de los años y la aplicación de rigurosos programas de mejoramiento en la calidad, dieron el salto cualitativo de que cualquier producto o bien producido es sinónimo de calidad. A China le está ocurriendo exactamente lo mismo. Aún hay bolsones productivos que dejan mucho que desear, por ejemplo, demoran bastante en sacar vehículos de alta calidad, pero en esto no hay que llamarse a engaño. Será en cuestión de tiempo cuando resolverá este obstáculo y podrán ofrecer a una exigente demanda productos y servicios con el componente de la alta calidad. La construcción es el mejor ejemplo de esta calidad que se le pide en todo los rubros. De allí trasladarla a los demás sectores productivos será cosa de tiempo. Beijing, la Capital del Norte –como se le conoce en pronunciación mandarín- está con el acelerador a fondo en una mutación donde quedarán en pié los íconos de su cultura, rodeados del modernismo que envidiarán en el corto tiempo que se están logrando otras capitales del mundo. Desde el pabellón de acceso a la Ciudad Prohibida la imagen de Mao Tse Tung contemplará algo que jamás seguramente pensó que podría ocurrir: edificios, carreteras, vías, autos que son el espejo de los tiempos modernos, abriéndose paso sobre las bicicletas que son cada vez meno, porque a su lento andar, van los autos raudos a encontrarse con el futuro. Esa es la cara de la prosperidad que bruscamente nos muestra la nueva Beijing.

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